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Té verde, rojo, blanco y negro: propiedades y diferencias

Antioxidantes, diuréticos, quemagrasas... Cada variedad de té se obtiene de diferente manera, lo que le otorga distintas propiedades

31 de enero de 2013
te verde rojo blanco negro

El té rojo es conocido como el “té quemagrasas” | Quinn.anya

Después del agua, el es la bebida más consumida del mundo. Originario de China, son miles los años que respaldan sus numerosas propiedades y beneficios.

Aunque existen más de trescientos tipos de tés diferentes, todos ellos provienen de la misma planta, la Camellia, la cual es, a su vez, procesada en diferentes variedades. Hay tés de todos los colores, sabores y aromas, y también los hay para todos los gustos y paladares. Pero entre ellos destacan cuatro tipos: té verde, rojo, blanco y negro.

Té verde

El té verde es un té no fermentado. Se consigue al secar las hojas de la planta, justo después de su cosecha. Acto seguido, se lían y se cuecen al vapor, a fin de eludir el proceso de oxidación (fermentación).

Si nos centramos en sus propiedades, en él destaca, por encima de todo, su poder antioxidante, el cual viene dado gracias a las catequinas y a los polifenoles. Consumir regularmente té verde ayuda a bajar de peso, fortalece el corazón, previene diferentes tipos de cáncer, reduce el colesterol “malo”, regula el nivel de insulina en sangre, protege y refuerza encías y dientes, y favorece la concentración mental.

Té rojo

Conocido como el “té quemagrasas”, el té rojo es un té semifermentado. Se obtiene gracias a un proceso de fermentación muy largo, que suele perdurar durante varios años (generalmente de 2 a 3, aunque algunos alcanzan hasta los 60 años), ya que, al igual que el vino, cuantos más años, más calidad y beneficios aporta.

Aparte de luchar contra el sobrepeso y ser saciante, el té rojo reduce el colesterol en sangre, depura y desintoxica el organismo y favorece las digestiones.

Té blanco

Muchos no lo saben, pero el té blanco es el té más antioxidante de todos, pues contiene el triple de polifenoles que el té verde. Pese a ser el más caro de producir, su proceso de elaboración es realmente sencillo: se recolectan los brotes de la planta y se dejan secar durante largos períodos de tiempo. Por tanto, el blanco es un té no fermentado. De él se obtiene una infusión de color verde pálido, con un fugaz halo blanco (de ahí su nombre).

Su poder antioxidante no es su única virtud. Su ingesta habitual combate la fatiga física y mental, aumenta las defensas del organismo, es diurético, favorece la eliminación de grasas, reduce el nivel de colesterol y triglicéridos en sangre y, gracias a su elevado contenido en flúor, blinda nuestra salud bucodental. Y por si fuera poco, tiene la mitad de cafeína que el té verde. ¿Quién da más?

Té negro

Quizá sea menos conocido y consumido que el verde, rojo y blanco, pero, sin lugar a dudas, el té negro goza de una buena reputación entre los fieles al té. Se logra al fermentar, en su totalidad, las hojas de la variedad Camellia assamica. Al pasar por un proceso de oxidación, su aroma es mayor que el resto, aunque también lo es su contenido en cafeína.

Según estudios recientes, existe una conexión entre el consumo de té negro y la tasa de diabetes tipo 2. Asimismo, sus flavonoides complejos benefician y refuerzan el sistema inmunitario, previenen la arteriosclerosis, protegen el sistema cardiovascular y ayudan a la no oxidación del colesterol HDL, el “bueno”.

Ahora ya lo sabes. Olvídate de todas esas bebidas y refrescos cargados de calorías vacías y adéntrate en el saludable mundo del té. Tu organismo te lo agradecerá.

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